José Ángel de la Villa: defendiendo el Bar Pastís a capa y espada

Por Núria Pulido, fotografías de Tanit de Pouplana.

José Ángel de la Villa, durante la entrevista.

José Ángel de la Villa, durante la entrevista. / Tanit de Pouplana

Suspirando, con unos vaqueros oscuros, una camiseta cómica y unas bambas deportivas; sale del bar y coloca un cartel de un golpe. No había nadie en la calle, y ya llevábamos rato mirando. Nos invita a pasar. Tiene el pelo canoso con entradas, la barba cuidada, los ojos caídos y lleva gafas de pasta. Sólo con dejarle hablar unos minutos vi que tenía delante un crítico de primera. Un analítico de la sociedad que aprovechaba cualquier ocasión para irse por las ramas y quejarse de algo. Enfadado con el mundo, pesimista pero comprometido. Muy hablador pero poco preciso.

 

En una mesilla pequeña del bar, es hora que de la Villa rememore su historia. El Pastís se abrió en 1947 con la intención, según cuenta, de emular en la medida de lo posible, los bares de los puertos marselleses. Todo, por supuesto, adornado y ambientado con la música francesa propia de la época, aunque también sonaban rancheras, boleros y algún que otro jazz. ¿Por qué el nombre? Porque “en Francia se bebe pastís como aquí se bebe vino”. Ahora encontramos a José Ángel detrás de la barra, pero años atrás lo hubiéramos encontrado sentado en un taburete. Él era cliente. Lo fue 43 años, desde 1970. Vivía en un bonito chalet en Marina. Se dedicaba al periodismo y a la enseñanza, “dos oficios en vías de extinción. Dar clases es muy duro y la información cada día es más manipulada”, dice.

El Pastís lo llevaba un matrimonio. Cuando el murió, ella aguantó un tiempo pero lo puso en venta. De la Villa cuenta “un día apareció cerrado. Después de muchas negociaciones con la señora Carmen cogí un abogado y di el paso. Tenía una herencia de una tía, vendí mi piso y me vine a vivir al Carrer Ample”. El bar estuvo cerrado casi un año, pero desde que José Ángel de la Villa cogió las riendas y salvó el local, no se ha vuelto a cerrar: “un día me dio una embolia y al día siguiente ya estaba aquí otra vez”. Siendo un hombre muy comprometido, a sí mismo, se considera una figura más del local y sus amigos le dicen que se va a morir detrás de la barra.

Al borde del cierre
El Pastís, y también él, tuvieron problemas en 2008. El ayuntamiento sociata, como dice de la Villa, “tocando las narices”, se quejaba del ruido de los conciertos: “decían que el murmullo ya no sólo molestaba a los vecinos del barrio, sino que tampoco dejaba vivir a los vecinos de Poble Nou”, ironiza. “Me pidieron que insonorizara el local pero me negué. Para eso hace falta tirar las paredes y hacerlo todo nuevo. Hay que invertir mucho dinero y también destruir la esencia del local”, algo que, de la manera que habla, nunca va a permitir. De la Villa narra una típica escena de concierto en el bar: “las actuaciones, para no ser pilladas las hacíamos en una esquina, los artistas estaban escondidos entre la gente. Aún así, nos descubrían. Cualquier persona diría que esto es un bar peligroso. Los policías venían uno por cada lado”, y gesticula exagerando. José Ángel confiesa que está harto de los políticos y no se preocupa por entenderlos: “se quejan ahora que hacemos los conciertos en acústico. ¿Y antes? Antes eran en eléctrico y hacían mucho más ruido.

El día que recibe la orden de cierre, aunque está sorprendido no pierde el tiempo. Luchador y transparente con lo que piensa, se propone preservar, cueste lo que cueste, su local, su segunda casa. La gente incluso bromea: “Tienes que poner aceite en las bisagras, eso es lo que chirría”.

Se ve metido en ese “berenjenal” de la noche a la mañana, pero sabe reaccionar. Se encarga de recoger casi tres mil firmas y llama a un amigo de la La Vanguardia para que se haga difusión en los medios. “Comenzamos así y acabamos con un festival reivindicativo en la sala Luz de Gas con Paco Ibáñez, Pi de la Serra y muchos más”. Un año batallando día a día, con constancia y apuros para hacer caja, pero su satisfacción al saber que su local puede permanecer abierto, lo hace seguir adelante.

Una lucha constante
Un hombre digno de admirar. Tantos años, tantos días subiendo y bajando la reja sin saber si vendrá gente o no. Asegura que “el tema de la afluencia de gente es como jugar en un bingo: nunca lo sabes. Depende mucho también de qué concierto haya. Además la gente no tiene dinero. Hay muchos que piden: una naranjada con dos vasos, por favor”. Habla con pena y con cara triste, de resignación; y a la vez, cuenta enfadado y sin pelos en la lengua que él sirve aún con el dieciséis por ciento de IVA y lo paga al veintiuno.

“Si subo un pastís a 4,40€ la gente se me pone en pie de guerra. ¡Por  cuarenta cochinos céntimos!”

Después de quejarse sobre la mala gestión de la educación en Barcelona e intentar arreglar el mundo muy por encima, sus ojos recorren el local de arriba abajo, de izquierda a derecha y por todos los rincones. No lo muestra pero se siente orgulloso. El local entero es un símbolo: “está lleno de pijadas. Son sesenta y seis años sin tocar nada. Añadiendo frases que le gustan, carteles curiosos y cuidándolo cada día. Escribiendo, a su manera, la historia del Pastís.

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